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Nunca he practicado Yoga, y quiero comenzar Qué es lo más importante a tener en cuenta?? Primero, ya te ha picado el gusanillo, ves que mucha gente comienza a practicar Yoga y se siente considerablemente mejor, a nivel físico, mental y emocional, no sólo es que el Yoga esté de "moda", lo cierto es que podemos ver a las personas que practican con una luz en en el rostro que habla por sí sola... no hay mejor publicidad que esa, ver los resultados y querer contagiarnos de bienestar. Por otro lado, cada vez se abren más centros, y cada vez más personas acceden a una formación, es cierto que no todxs acabarán dando clases, pero sí es bueno saber que despierta más adeptos, que va aumentando el número de personas que nos sentimos mejor practicando una disciplina que lleva más de 5000 años otorgándonos beneficios, y que además ahora nos brinda más alternativas... Hoy me siento optimista, creo que aún tenemos mucho camino por recorrer, y encontrar un equilibrio entre las nuevas escuelas, y las viejas escuelas, también buscar cierta coherencia y cohesión para que las personas que se acerquen a diferentes profes, sean acompañadas honesta y amorosamente en su camino de práctica... y aunque muchas veces he renegado profundamente del nuevo movimiento... pienso que algo muy bueno va a salir de todo esto... El Yoga ya está en boca de todxs, existen muchos medios para acceder a él, y muchos profes con ganas de compartir lo que han aprendido, además, cada vez hay más información honesta y fidedigna en internet. En este sentido, el 1ª Congreso Virtual para profesores de Yoga ha sido un descubrimiento, encontrar mis sensaciones reflejadas en varias conferencistas que sienten-piensan lo mismo que yo, que buscan hacer del Yoga ese camino necesario para la transformación, usando diferentes técnicas, formas y métodos para llegar a la gente... un cooperativismo necesario en estos tiempos, de velocidad y prisas... Entonces volviendo a la pregunta inicial, necesitas buscar y encontrarte con profes que crean en esta unión, que enseñen con amor y vocación y que reconozcan sus límites. Encuentra la persona o escuela que vibre contigo y respete tu individualidad, todo lo demás es práctica. Lula M. Cairo Profesora de Yoga, creadora de Espacio SeYoga

Notas sobre la pereza No existe pasión más poderosa que la pasión de la pereza. Samuel Beckett Hoy no me levanto. Me quedo en pijama y me eternizo en el desayuno y en el cuarto de baño. Hoy practico el absentismo contra la urgencia cotidiana. La pereza (o acedia) es uno de los siete pecados capitales. Quizá eso la haga más atractiva. Pero, ¿ a quién ofendo entregándome a ella? También es un pecado social. Recuerdo a mi madre tratando de inculcarnos, a mis hermanos y a mí, una especie de moral calvinista del trabajo. Incluso durante las vacaciones había que mantenerse ocupado. Y, sin embargo, pienso que refugiarse en la pereza es un intento de regresar a la infancia, al juego sencillo e inocente que no persigue ningún objetivo. A veces se confunde la pereza con una enfermedad, ya sea astenia o depresión, directamente. Pero hay una gran diferencia entre no querer hacer nada y no poder hacerlo. La persona deprimida vive en un estado de anulación de sí mismo, en una negación de la fuerza de existir; sin embargo hay en la pereza cierta rebeldía que es una afirmación de la vida, pues todo lo vivo tiende a perpetuarse. Preferiría no hacerlo. Bartleby Nuestros parientes animales más cercanos (chimpancés y gorilas) dedican la mayor parte del día a holgazanear. También los hombres prehistóricos consagraban la mayor parte de su tiempo a no hacer nada, o a no hacer nada productivo, pudiendo dedicarse a pintar, contar historias, u otras actividades inútiles. Es curioso y significativo que la aparición de la esclavitud del trabajo coincida, en el Neolítico, con el surgimiento del monoteísmo y la monogamia. En los momentos de pereza, de inactividad, es paradójicamente cuando más creativos somos, cuando surgen las mejores ideas. Hoy me dedico a silbar, a caminar con las manos en los bolsillos y a dejar que el sol me caliente los huesos. Hoy soy un olímpico. Y me tumbo desganado, esperando al Ganímedes que llene mi copa. O me siento en la playa simplemente contando el tiempo con el sonido de las olas. Hoy enciendo la chimenea y me concentro en mirar el juego de las llamas. Y, sin embargo, me entra una especie de prisa, pues nunca hay tiempo suficiente para hacer toda la nada que quiero. Entregarse a la pereza es algo así como estar en una sala de espera. No puede hacerse nada, pero tampoco hay por qué hacer nada. Muchas personas confunden la pereza con el aburrimiento. Pero cuando estamos aburridos sufrimos el peso del tiempo, mientras que, dedicados a la pereza, disfrutamos de la velocidad del tiempo. Hay una especie de rebeldía en la pereza, ya que la ociosidad elegida se enfrenta naturalmente a la forzada laboriosidad de la vida contemporánea. Resulta difícil compartir la pereza. No siempre tenemos a mano compañeros apropiados para entregarse juntos, en dulce compañía, al placer de no hacer nada. Habría que resucitar el ágape, el simposio. Habría que volver a aprender a cultivar la amistad de la pereza o, de otro modo, la pereza de la amistad. Miro cómo progresa la luz que entra por la ventana. Poco a poco se va acercando al lugar donde estoy sentado. Otro reloj. En mi hambre mando yo. El camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una reducción organizada del trabajo. Bertrand Russell Habría que conseguir la justicia en el reparto del ocio. Deber del trabajo, herencia del feudalismo, incluso del esclavismo. División en clases. Me consagro a la nada más absoluta. Un Diógenes del siglo XXI. Pero es necesaria una disciplina de la pereza ya que no es difícil dejarse vencer por la tentación de la actividad fútil. Me gusta vincular el yoga con la pereza. Me esfuerzo en mantenerme firme en la quietud. Así, busco aprovechar la pereza para mantenerme en mi asana. Así parece que mi práctica es más pura. Siento una especie de paz. Y no hago nada. Y no pienso nada. Y me siento un verdadero boddhisatva. Seamos perezosos en todo, salvo en amar y en beber, excepto en ser perezosos. Lessing Según Aristóteles el ocio es la condición necesaria para el nacimiento de la filosofía. En su origen mitológico, el trabajo es una maldición divina. En el Génesis vemos como, a causa del pecado original, somos condenados a ganarnos el pan con el sudor de la frente. Esa maldición es perpetuada en la Historia. Arrojados del paraíso, donde todos los dones necesarios estaban al alcance de la mano, nos vemos condenados al trabajo. Es preciso aprender a desarrollar un sabio empleo del tiempo libre. El trabajo no es un fin en sí mismo, sino un medio para conseguir que el trabajo no sea necesario. Vivimos una época dominada por una obsesión por el emprendimiento, por la producción incansable, por el consumo, por el rendimiento. Todo nuestro tiempo, cualquier actividad, tiene que ser aprovechable, debe servir para algo. En cambio, prefiero defender la utilidad de lo inútil, de aquellas actividades malditas que no sirven para nada pero que nos hacen realmente humanos. Nos rodea un exceso de estímulos, de informaciones e impulsos. La percepción, de este modo, se fragmenta y se dispersa. Se hace así necesaria una reorganización del tiempo y el espacio, para sobrevivir al asedio sensorial. La urgencia cotidiana nos sitúa lejos de la calma y la atención necesaria para realizar correctamente cualquier actividad que merezca mínimamente la pena. Por eso busco la soledad, el silencio, la tranquilidad. Esta agitación infructuosa del día a día está dominada por la necesidad de alcanzar resultados. Nos encontramos lejos de todo sosiego del que surgen las auténticas verdades. De ahí nace un cansancio infinito. Cansancio que no llena, que reduce el ser. En cambio, hay otro cansancio perezoso que consiste en una apertura hacia infinitas posibilidades. Hay que recuperar la contemplación como forma de vida, el placer del aburrimiento, la concentración en la escucha, el recogimiento en uno mismo. La pérdida de sentido degenera en hiperactividad. Nunca está nadie másLeer más »

ANGUSTIA Si miras fijamente al abismo, el abismo terminará por mirar dentro de ti. Nietzsche Soñé que estaba en un huerto de naranjos o de olivos. De repente, los árboles empezaban a pudrirse, a desmoronarse y hundirse en grandes agujeros. Yo me acercaba, miraba, y eran insondables. Más allá de interpretar el sueño, quisiera hablar de esa sensación de desfondamiento, de abismamiento, que a veces me atrapa. Es como andar en la cuerda floja. Y un miedo enorme te amenaza. ¿Habéis tenido alguna vez un ataque de ansiedad? Es un dolor intenso en el pecho que no te deja respirar. Una angustia que no se sabe de dónde viene, que te ataca por sorpresa, a traición, y te atenaza. ¿Lo habéis sentido físicamente, corpóreamente? ¿De la manera más vívida posible pero, no obstante, aterrados por su irrealidad? En esos momentos no hay nada a lo que aferrarse. Tan sólo existe un vacío inmenso, un dolor misterioso, que no tiene origen y por eso da más miedo, infinito, que te agarra por sorpresa, desprevenido, como un rayo que te atraviesa de arriba abajo. A veces me falta el aire. A veces pienso en la muerte como un descanso. A veces me siento morir de un modo doloroso y al mismo tiempo siento la muerte como el único respiro. ¿A qué se debe ese dolor tan profundo? En mi caso, creo que se debe a la falta de toda respuesta, a la incertidumbre ante el futuro, a la certeza de mi incompetencia ante la vida, a la comprobación de mi fracaso como ser humano. Y es que no sé quién soy. El hombre es un abismo. Y asomarse a ese abismo es quizá la aventura más fascinante, más horrorosa y horripilante que podamos afrontar. Hablar así, en estos tiempos, cuando tantas personas sufren de modo verdadero, me parece vanidoso, narcisista, irreal. Y sin embargo no puedo evitarlo. La vida carece de sentido. Hemos perdido toda referencia, toda certidumbre acerca de las cuestiones más profundas (científicas, religiosas, políticas…) y vivimos en la soledad más asombrosa. De vez en cuando me gustaría tener alguna fe, aunque sólo fuera pequeñita, en la que esconderme algún momento. Sin embargo, como decía Sócrates, contemporáneo de Buda y Lao Tse, una vida sin examen no merece la pena de ser vivida. Es preciso asomarse a ese dolor de la propia existencia que no sabemos de dónde viene. Últimamente no me reconozco (quiero decir desde hace treinta años). Me falta un lugar desde el que observarme, desde el que empezar a construirme. Yo sé quién soy, dice Don Quijote. Sólo el loco más loco se reconoce. Quizá para conocerse haya que estar loco. Quizá no sea posible escapar de la locura. EUFORIA Es preciso tener un caos dentro de sí para dar a luz una estrella Nietzsche No es sólo la angustia, otras veces la primavera me brota de dentro. Una fuerza que surge de lo más hondo, como el loto que nace del fango más profundo. Y es también doloroso, se me cierra la garganta y no puedo ni hablar. Es un viento que me lleva libre, que me arrastra. Y estoy como fuera de mi. Igual que la angustia viene sin avisar, la alegría procede del interior de mi cuerpo. E igual es una emoción que te taladra y te paraliza en un torbellino. En esos momentos sólo puedo salir a caminar, a cantar y a llorar de puro eufórico. No lo comprendo, no puedo explicarlo. Y sólo cabe abandonarse. Mi yo estalla, se dispersa, explota como una supernova. Y me olvido del error que es haber nacido. KARMA Y ser tan sólo amor, mientras me queden fuerzas Pablo del Águila Pero es necesario alcanzar un equilibrio y aprender a vivir cada día. Por eso me gusta practicar el yoga de la vida cotidiana. Cada mañana, al levantarme, me acuerdo de la frase de Thich Nhat Hahn: drink your tea, que tiene la fuerza de un koan. Después recojo la cocina, cocino, limpio un poco y me siento a meditar un rato. No soy creyente, por lo tanto no puedo creer en ofrecer mis acciones a ninguna divinidad, a ninguna entidad trascendente, pero sí a los demás y a mí mismo. Y eso pretendo. El Karma Yoga es el yoga de la acción, y en mi opinión consiste en un compromiso íntimo con las propias acciones. Se basa en una actitud correcta, una motivación correcta, en no apegarse a los resultados, en ser disciplinado. Es un compromiso con la vida cotidiana. Es decir, un implicarse íntimamente en lo que hacemos, ya sea fregar los platos, hacer el amor o emborracharse. Si se consigue, aunque no lo persiga, uno es feliz o, al menos, no se avergüenza de uno mismo. Es preciso escapar de las pasiones que paralizan, pues es la única manera de alcanzar el equilibrio y la alegría. Por lo tanto, hay que hacer sin esperar ningún resultado. Desvincularse, desapegarse de los frutos de las propias acciones, que es la auténtica libertad, que procede del conocimiento. No soy dueño de las consecuencias de mis actos, así que me concentro en la acción por sí misma. El mundo no tiene esencia, no sabemos qué es. Por eso no se puede predecir el futuro, sino concentrarse en el presente, en la pura cotidianidad. Comprender para no afligirse. Ser limpio y austero, implicarse en la amistad y las cosas sencillas. Y, como dice Pablo del Águila, ser tan sólo amor, mientras me queden fuerzas. Salva F. Romero (un paseante pensativo) Sevilla, enero de 2018
Silencio ¿Cuántas veces bajo el efecto de la sorpresa, se pierde la verdadera sorpresa que esta encierra? Julio Cortázar El silencio no existe. Es absurdo buscarlo y sin embargo nos empeñamos en encontrarlo. Cuando hablamos de silencio mental nos referimos a una liberación del dominio y la tiranía de los sentidos, cosa muy difícil de conseguir. El yoga, como todo en la vida, es contradictorio, pues busca una liberación por medio de una disciplina. La vida cotidiana está sometida a un sinfín de estímulos. Vivimos, de hecho, bajo un asedio sensorial, en un continuo tumulto. Ese ruido puede generar ansiedad, desasosiego, por eso es necesario, de cuando en cuando, un descanso, una tregua, tomar distancia, un balance de nuestro día a día. No se trata de una evasión, sino de dar un paso atrás para tomar conciencia de las cosas, para verlas mejor. Teniendo en cuenta también que la huida es el único medio de encontrar nuevos caminos. Lo que buscamos, por un instante, es desconectar de los órganos sensoriales, limpiar los procesos mentales, observando sin reprimir. Es un anhelo de silencio. Así, perseguimos un método o un estado de interiorización, un intento de encontrar cierta calma y disponibilidad para alcanzar el equilibrio entre las dimensiones exterior (sensorial) y la interior (meditativa), extremos ambos de nuestra cotidianidad. Limitarse a uno de esos ámbitos solamente es renunciar a una parte importante de nuestro ser. Por eso comprendemos que el silencio y el tumulto son una misma cosa, dos caras de la misma moneda. Y es que ese ruido, ese tumulto mental también es presente, es ahora. Yo soy ese ruido y así es como se hace, por sorpresa, el silencio. Comprender que sólo existe el momento presente, sea como sea, es lo que aporta ligereza y claridad mentales. Por ejemplo, en la práctica de pratyahara, nos dicen, los sentidos son atraídos hacia el interior y el practicante percibe que toda felicidad se halla dentro de uno mismo. Este silencio es la semilla de la que todo lo demás brota. No se trata de negar el mundo, el mundo siempre estará ahí, pero si conseguimos acercarnos a un, aunque efímero, silenciamiento de los sentidos, si logramos estar total y absolutamente absortos, alcanzaremos un eterno presente. No se trata de estar distraídos, que es nuestro estado habitual, sino, por el contrario, de escapar de toda distracción que nos separe del aquí y del ahora: un concienciamiento constante del presente inmediato, en contraste con la divagación habitual. Es decir, paradójicamente, al silenciar los órganos de la percepción, logramos una percepción consciente, aceptando que cada instante está iluminado. Quizá lo único que haya que hacer es esperar, quizá la virtud verdadera sea la paciencia, sin esperar nada, dejando que un eterno presente nos sorprenda. Paciencia sin ansia, amor para todo lo que venga, sabiendo que sólo quien no busca encuentra. En ese silencio, por unos instantes, logramos un gozoso olvido de sí (del cuerpo y de los sentidos), nos olvidamos de nosotros mismos y nos identificamos con nuestro ruido interno. Y es que no existe el silencio: existe el confundirse con el ruido circundante, como el Buda meditando en un cruce de caminos. Como al entonar el So Ham, el mantra silencioso. Otra vez, se trata de alcanzar una no-mediación (de los sentidos, de la mente), para llegar a una suprema claridad en la contemplación. Que, como nos dice Patañjali, los sentidos no importunen a la mente en su búsqueda interior. De este modo, no hay yo y mundo, sino que mundo y yo se funden en una misma cosa. Y eso a lo que asisto soy yo. Mediante el control (disciplina) de los sentidos nos liberamos de su tiranía: mediante un yugo nos liberamos de otro yugo. Así liberados, estamos realmente solos, en una soledad sonora y plena. Es así como el silencio reconcilia al hombre con lo que realmente es. Pero de todo esto no se puede hablar: lo mejor es guardar silencio. Así que me siento. Dirijo mi atención al proceso respiratorio. Estoy sentado firme, recto y estable. Tomo conciencia de mi cuerpo y de su quietud. Mantengo la atención en la respiración a su paso por todo el cuerpo, desde la nariz hasta el vientre. Inspiro y espiro. Y no tengo que esperar nada. Y únicamente respiro. Y estoy solo. Y me da el sol o el viento. Y oigo un reloj o un pájaro. Y es dulce. Y es como si los dioses sonrieran. Y nada importa. Salva F. Romero (un paseante pensativo) Sevilla, enero de 2018

Comenzamos un nuevo ciclo de investigación: Trabajaremos desde la consciencia, el reconocimiento y valoración de nuestra anatomía, desde una dimensión real y concreta, y buscando adaptar la práctica a nuestras formas físicas. Un trabajo de investigación y meditación en y desde la postura (asana), y el momento que estamos transitando para poder reconocer nuestras verdaderas necesidades. Nos permitiremos llegar al tuétano, despertar nuestra energía y fluir a través de ella. Penetraremos en nuestras fascias y en nuestras fases, y abriremos la puertas necesarias, nuestra guía: nosotr@s mismos. Este taller está pensado para todas las personas que desean avanzar en su práctica de Yoga, movimiento corporal, danza, etc. No es necesario tener experiencia, pero sí muchas ganas de ahondar en el interior. Reconoceremos lo cíclico que se pone de manifiesto en nosotr@s y el entorno. Sábado 27 de enero de 10.30 a 13.30 en Espacio Infinito: c/General Martínez 10, Barrio León (Triana). Para más info, contacta al 653 095 800, espacioseyoga@gmail.com Eres bienvenid@ Espacio SeYoga